Pelota de mar, formada con desechos de Posidonia. / Fuente: Innaturale.

Un viajero en la Roquetas del siglo XIX: la Algaida y los recursos de la mar

Continuamos el periplo de Simón de Rojas Clemente por nuestra comarca en esta cuarta entrega, en la que recogemos su paso por la Algaida en dirección a Almería y ciertas apreciaciones que hizo sobre la costa roquetera

JUANMI GALDEANO ROQUETAS DE MAR

Nuestros más fieles lectores habrán seguido con atención las últimas entregas de esta humilde sección de historia local, en la cual, hemos seguido los pasos de un botánico de principios del siglo XIX por Roquetas, sus salinas y el resto de la comarca. Recordarán, por supuesto, cómo este viajero llamado Simón de Rojas Clemente había salido de Dalías el 31 de marzo de 1805, llegando a las salinas de la actual Punta Entinas-Sabinar el 1 de abril y arribando finalmente a Roquetas el día 2.

Debió interesarle bastante el pueblo y sus alrededores, pues no partió hacia Almería hasta cinco días después, el 7 de abril. Es esa primera parte del camino, que pasaba por la Algaida, así como las notas que recogió sobre nuestro litoral, lo que nos planteamos abordar en esta cuarta entrega de su periplo.

Los tramos de costa que abordaremos se corresponden aproximadamente con las actuales playas de las Salinas, Los Bajos y la Ventilla. En esta zona del litoral se torna sinuosa, y así debía ser hace dos siglos, pues Simón de Rojas señaló que «la playa en este trecho no es recta, [sino] que tuerce o se entra hacia la tierra formando [una] grande ensenada compuesta de otras menores que la hacen tortuosa». Ya hemos comentado que tenía un notable interés por todo lo geológico, por lo que sobre la arena de nuestras playas comentó que «luego que se sale de Roquetas es toda guijo redondeado de cuarzo y pizarra con algún cantillo de granitino, más de pizarra micácea, rarísimo de serpentina, que hallé con piritas y muchos calizos, y de pudinga caliza algunos».

Esta zona coincidía con La Algaida o, como se le conoce más bien a día de hoy, la Ribera de la Algaida. El paisaje que observaría sería ciertamente distinto al actual de la Algaida: no estarían las Salinas de San Rafael, tampoco los cercanos bloques de pisos, chalets y demás construcciones que hoy circundan este espacio natural, ni por supuesto la actual Carretera de Alicún. Igualmente, en el lugar del antiguo cuartel de carabineros se encontraba una pequeña fortificación, la Torre de los Bajos, que contaba frente a ella con un pequeño puerto natural. No obstante, en lo esencial, seguía siendo un paisaje con numerosos humedales estacionales, desembocaduras de varias ramblas y vegetación adaptada al clima subdesértico del Sureste.

De este espacio Simón de Rojas dirá que «el sosar o Algaida de Roquetas tiene media legua muy larga a lo largo de la playa y un cuarto de hora corto por término medio». Teniendo en cuenta que una legua son casi 5 km y que la distancia entre las ramblas del Cañuelo y de las Hortichuelas, límites naturales de la Algaida, es de algo más de 3 km, las distancias coinciden con ellas. Pero la aportación de este viajero no es simplemente geográfica, sino especialmente etnográfica, al señalar que «luego que cortan la sosa labran el sosar y siembran algazul, pollo y mata; cuidan al labrar de no herir a la sosa que debe retoñar en el año próximo».

El algazul, la sosa y la barrilla hacen referencia a un conjunto de plantas, a menudo confundidas entre sí, de las que se podía obtener sosa cáustica al quemarla y emplearla directamente para lavar, o mezclarla con aceite para fabricar jabón. No en vano, «algazul» en árabe significa «el jabón». Son varias las especies que toman estos nombres, pero entre las más famosas podemos destacar a Mesembryanthemum nodiflorum y a las Salsolas, que abundan en la Algaida. En este sentido, conviene recordar la importancia económica de esta producción roquetera que ya señalamos en artículo del mes pasado, siendo uno de los pilares económicos que permitió la supervivencia de los roqueteros en el siglo XIX.

Mencionadas la Algaida, las sosas, las barrillas, la arena y el mar, nos resta hablar de otra planta que parece entrelazarlo todo: la Posidonia oceánica. Cuando permanece en los fondos marinos, enriquece nuestras aguas, y una vez muerta llega a nuestras costas y nutre los ecosistemas litorales. Serán los arribazones, ese lijo que protege y da identidad a nuestras playas, lo que más llamó su atención, especialmente las «pelotas de la mar», formadas por el rodamiento de los desechos de la posidonia y otras plantas por el fondo marino, y que ejercían la función nada menos que de encendedores de la época.

«Ábrese una pelota de éstas, seca o enjuta, y entre su pared y la pelotilla que tiene se pone un pedazo de yesca encendido, éste prende a la pelotilla, que se va quemando toda lentamente, sin que la gran pelota arda nada; así puede la pelota, después de haber metido una yesca cerrarse flojamente y meterse en el bolsillo, con seguridad de hallar fuego en su núcleo al cabo de 5 ó 6 horas, si ella es de las grandes», dirá nuestro entrañable viajero, aportándonos una curiosidad de la zona que seguramente el gran público desconoce 200 años más tarde.

Y así, rodando como una de esas pelotas de mar, Simón de Rojas Clemente llegará a la Torre de Rambla Honda, encaminándose hacia donde después surgiría Aguadulce con sus afamados manantiales y, más tarde, discurriría por el temido camino de El Cañarete, con sus tajos y sus escarpadas faldas. Pero esa historia, como siempre, la dejamos para el mes que viene.