¿Por qué Roquetas no tiene un casco histórico?

Momento de la demolición, en 1976, del histórico edificio del Ayuntamiento de Roquetas.
Momento de la demolición, en 1976, del histórico edificio del Ayuntamiento de Roquetas.
  • Los edificios antiguos que quedan hoy son vistos como terreno para futuros bloques de pisos, no como fragmentos de nuestra historia

Si viajásemos a cualquier ciudad o pueblo, por pequeño que fuese, nos gustaría pasear por sus calles antiguas, sentir su historia y contemplar los vestigios de su pasado. De lo contrario, posiblemente ni siquiera nos molestaríamos en visitar un sitio donde no hay nada que ver. Bien, hagamos este ejercicio a la inversa: un turista que nos deleite con su visita este verano podría pedirnos que le indicásemos cómo llegar al casco histórico de Roquetas, a «la parte antigua del pueblo» dirían algunos. Nuestra respuesta oscilaría entre la mueca y el desconcierto: «Roquetas no tiene de eso», responderíamos quizás avergonzados.

Pero, ¿por qué no tenemos casco histórico? Echemos cuentas: sabemos que Roquetas existe como pueblo desde mediados del siglo XVIII, con su correspondiente ayuntamiento e iglesia. Más concretamente tenía un pequeño trazado urbano estructurado en tres ejes: la actual Plaza de la Constitución, el barrio del Puerto y la calle Real del Puerto (actual avenida de Juan Bonachera), que conectaba ambas zonas. Estamos hablando de algo más de 250 años de historia y, sin embargo, la gran mayoría de los edificaciones y casas que hoy existen en estos tres ejes son de reciente construcción; entonces, ¿qué fue de las anteriores?

Si empezamos por la plaza central del pueblo nos encontraremos con el mayor atentado contra la historia roquetera de los muchos que se han cometido: la destrucción del ayuntamiento antiguo. Debemos remontarnos a 1777 para explicar el origen de este edificio, cuando Roquetas dejaba de ser una pedanía autónoma de Felix para constituirse como municipio independiente. Como prueba documental de su construcción tenemos un acta capital de 1787 facilitada por Gabriel Cara Rodríguez, en la que se documenta el acarreo de piedras para su construcción.

Resulta lógico que el edificio necesitase reformas, puesto que las exigencias del siglo XVIII no son las mismas que las que afrontaría en el presente siglo XXI; sin embargo, habría bastado con echar mano de los edificios cercanos para acoger las nuevas instalaciones municipales o, incluso desconcentrar las distintas oficinas municipales y repartirlas por todo el municipio. Pero no. Parece que sus casi 200 años de antigüedad no fueron suficientes para indultarlo: un triste mes de noviembre de 1976 el equipo de gobierno municipal decidió demolerlo y construir el actual. Aquella excavadora, que patéticamente coronó nuestro ayuntamiento, echó abajo tanto el edificio como la memoria de los primeros roqueteros que tanto lucharon para que nuestro pueblo no fuese un simple apéndice felisario. Si el instruido lector quiere saber más acerca de nuestro antiguo ayuntamiento, puede visitar el museo del siempre acogedor Gabriel Cara, quien con mucho gusto nos enseñará una maqueta de él.

Puesto que las desgracias nunca vienen solas, en la misma plaza vemos que han desaparecido también las viviendas antiguas que la rodeaban. ¿Todas? No, una irreductible vivienda de planta baja resiste todavía y siempre a la destrucción. Responde a una tipo de arquitectura burguesa del siglo XIX: el de las casas con lucernario, que presentan un patio interior cubierto con un casetón con vidrieras que deja pasar la luz. En cuanto a su exterior, lucen generalmente una puerta y grandes ventanas a ambos lados, guardando en este aspecto similitud con las casas ‘de puerta y ventana’ típicas de Almería.

Avenida Juan Bonachera

Al igual que en la Plaza de la Constitución, la Avenida de Juan Bonachera también ha sufrido un proceso paulatino de demolición del que hoy sería nuestro casco histórico. La mayor parte de las casas que aquí había fueron vendidas por sus dueños y derrumbadas para construir en su lugar bloques de pisos. Se trataba de viviendas muy coloridas de planta baja o de dos plantas como mucho, que respondían a la misma tipología de casa con lucernario, cuya conservación habría permitido mantener el encanto que Roquetas un día tuvo y cuyo lugar hoy lo ocupan moles de ladrillo y hormigón que hacen que esta antigua parte de la ciudad, que podría haber sido un gran recurso turístico y patrimonial, hoy sea un simple barrio residencial.

Merece particular atención una pequeña mansión construida en 1796 por algunos conocida como la Casa de los Marines. Pertenecía a Miguel Ruiz de Villanueva y después fue adquirida por Juan Bonachera, de quien toma nombre la avenida en la que se encontraba. Antonio Ruiz López en su libro Roquetas de Mar - A villa la califica como «la mejor casa del pueblo»; sólo hemos podido acceder a fotos de su fachada, pero este autor nos cuenta que en su interior contaba con infinidad de habitaciones, jardines, caballerizas, un aljibe e incluso una capilla. Derrumbada hace unas décadas, nada hizo la corporación municipal de entonces por salvar esta joya roquetera.

Pero hay otras dejaciones todavía más lamentables y que son protagonizadas por nuestro ayuntamiento, siempre tan despreocupado por nuestra historia: cuando es el propio gobierno municipal quien permite que las casas antiguas no detengan su estado ruinoso. El procedimiento es como sigue: ante una casa en mal estado avisan, repetidamente, a los propietarios para que las adecenten; en caso contrario y pasado un tiempo, en vez de intervenir para su rehabilitación, proceden a la declaración de ruina, que obliga su urgente demolición, muchas veces ejecutada por el propio ayuntamiento. ¿No sería mejor pactar con el dueño una rehabilitación y puesta en valor de las casas?

El caso del Puerto merece un análisis mucho más profundo que trataremos de forma individualizada en el futuro, por lo que podemos concluir con el último gran proyecto que enriqueció el centro urbano de Roquetas. Se trata de la ampliación urbana que comenzó el Instituto Nacional de Colonización en 1954, un organismo de la dictadura franquista creado para reorganizar el sector agrícola español; en el Poniente Almeriense encontró un campo de actuación ideal, pues coincidió con el desarrollo de la extracción de agua de acuíferos y con los enarenados y el cultivo bajo plástico. Además de ampliar Roquetas, también construyó El Parador, Las Marinas y El Solanillo, además de Puebla de Vícar y La Mojonera.

Como saben nuestros mayores y como se habrá percatado el lúcido lector, la ampliación del centro urbano responde a una iniciativa organizada y ejecutada desde el exterior. Precisamente en ese punto reside su singularidad: los edificios y casas de Colonización no son decisiones individualizadas y desordenadas de roqueteros, sino que forman parte de todo un proyecto urbano que preveía distintos tipos concretos de casas, edificios de servicios y un trazado regular de las calles. Repasando el libro del Instituto de Estudios Almerienses ‘Los pueblos de colonización’ en Almería, las viviendas se organizaron en torno a la Plaza Alcalde Pomares (llamada entonces Plaza de Colonización), donde se ejecutó el conocido pórtico con arcos para albergar artesanos, comerciantes y otros servicios sociales, que albergó también el famoso Cine Cara.

Quedan todavía algunas casas de Colonización; sin embargo, el ayuntamiento no prevé la protección suficiente para evitar que sigan destruyéndose. Así lo pudimos comprobar cuando el ayuntamiento, siguiendo el mismo triste procedimiento que con la casa de la Avenida de Juan Bonachera antes nombrada, derrumbó la casa situada en la esquina entre la calle Miramar y la calle Las Marinas. Un descampado con vallas publicitarias ocupan hoy su lugar. Esta es Roquetas, señores, la que hace casas y las gasta en solares.

Ya sabemos por qué Roquetas no tiene casco histórico: porque el ayuntamiento no le ha prestado ni le presta atención y porque el pueblo roquetero no ha sabido valorar su historia. Desde luego, habría sido interesante mantener las primeras líneas de casas alrededor de la Plaza de la Constitución y de la Avenida Juan Bonachera, puesto que no se trata de conservar todas y cada de las casas antiguas de todos los barrios, pero sí de proteger una muestra representativa de ellas que recordasen a roqueteros y visitantes ese pequeño pueblo que hace poco éramos.

Flaco favor hace el ayuntamiento en su empeño de engordar la nómina de solares del pueblo y el bolsillo de unos pocos, en perjuicio del patrimonio histórico y cultural que pertenece a todos. Pero no está todo perdido, y aquí es donde nuestra administración municipal tiene que demostrar un cambio de actitud. Muy buena idea sería ampliar la oferta museística, como instalar un museo etnológico de usos y costumbres en alguna de las casas de colonización, a la vez que mostrar cómo eran en su interior. Otras líneas serían exponer cómo actuó el Instituto de Colonización tanto en Roquetas y otras localidades de nuestro municipio, o explicar los inicios de la agricultura bajo plástico, que sigue siendo un pilar fundamental para la economía roquetera. Desde luego, posibilidades no faltan.

Ciudad turística

Una ciudad que quiere ser turística no puede seguir destruyendo sus oportunidades de turismo. Una ciudad que quiere tener un centro urbano vivo no puede reducirlo a ser una zona residencial más. En definitiva, una ciudad que se proclama como tal, y que existe como pueblo desde hace más de 250 años, no puede seguir diciendo que no tiene historia.

Roquetas tiene que dejar de vivir de espaldas a su pasado, encarar todos los errores cometidos y asegurar que nunca más se volverán a perpetrar los atentados contra nuestro pasado que hemos descrito. Hasta hoy podíamos refugiarnos en el desconocimiento para no hacer nada por todo lo que tenía nuestro pueblo. Pero ahora que lo sabemos, si no hacemos nada no podremos echarle la culpa a nuestra ignorancia, sino que será responsabilidad de la incompetencia de aquellos que nos gobiernan y del consentimiento de los gobernados que lo permitimos.