Vuelta Ciclista a España

El Sky se quita el peso del liderato

Discurrir de la etapa que salió de Granada por la provincia almeriense en dirección a la meta de Roquetas de Mar. /EFE
Discurrir de la etapa que salió de Granada por la provincia almeriense en dirección a la meta de Roquetas de Mar. / EFE

Simon Clarke gana fugado, como en 2012, la etapa en la que el francés Molard destrona al polaco Kwiatkowski

J. GÓMEZ PEÑAROQUETAS DE MAR

Roquetas de Mar está entre dos mares, el azul Mediterráneo y el que se extiende coloreado de blanco sobre los invernaderos de plástico. La quinta etapa iba desde la Alpujarra, tan quebrada, hasta la playa, tan plana. Estaba claro: era un día de dos caras. Simon Clarke, ciclista vertical y horizontal, vale para escalador, como cuando ganó en Ezcaray en la Vuelta 2012, y para rematar un sprint como iba a hacer en Roquetas.

Entre los plásticos y la arena, Clarke venía pendiente de las dos caras que le seguían, la del veloz De Marchi y la del potente Mollema. Cara o cruz. Tenía que elegir. «De Marchi es el más rápido de los tres, pero era el que venía más fatigado», pensó Clarke. «Decidí centrarme en Mollema». Atinó. Y le sacó oro a otra fuga que triunfa en esta Vuelta tan asfixiada por el calor que nadie quiere las riendas. Ni siquiera el todopoderoso Sky, que en Roquetas concedió sedal a los escapados y dejó que el francés Rudy Molard, del equipo Groupama, se vistiera el maillot rojo hasta ahora de Kwiatkowski. Molard, por cierto, es otro tipo lleno de contrastes: viene del esquí y adora el calor. Ponerse rojo.

Nació en
Gleizé, Ródano, Ródano-Alpes. Tiene 28 años.
Equipo
Groupama.
Profesional desde
2012. Este año ha ganado una etapa en la París Niza y en 2015 otra en el Tour de Limousin.

Hay días que nacen con prisa. Al ciclismo le pone el horario la televisión. Por ajustes de programación, TVE propuso que la quinta etapa saliera media hora antes. Entre Granada y Roquetas había un par de duros puertos y un final en descenso. Esos ingredientes cocinan el menú ideal para las escapadas. Todos lo sabían. Y casi todos aprovecharon el madrugón para atacar. Eso, claro, aceleró aún más la etapa. Locura. Hasta Nibali y Aru se movieron por esas laderas de las Alpujarras, montañas de agua, de Lanjarón. Tras una primera hora a casi 48 por hora, se compuso una fuga de 25 dorsales: Clarke, Mollema, De Marchi, Jonathan Lastra -segunda escapada del bilbaíno en cinco días-, De Tier, Amador, Geniez, Kudus... Y Mikel Iturria, debutante con el Euskadi-Murias en la Vuelta.

Cada mañana, Iturria se palpa la pierna derecha. Sigue ahí. Buena noticia. En el Tour de Limousin de 2017 casi la pierda para el ciclismo. Sus padres estaban en la meta. No le vieron llegar. Iba hacia el hospital con la extremidad abierta, el fémur partido y tras dejar atrás un charco de sangre. Maldita caída; maldita suerte. Año torcido. Primero estuvo enfermo, luego se rompió un codo y esa tarde, el hueso más largo, el que hace palanca sobre los pedales. ¿Valía la pena tanto esfuerzo y riesgo por el sueño de ser ciclista en un equipo de tercera? Se respondió a sí mismo. Tras seis semanas de mantener la pierna colgada de unas muletas, se subió al rodillo. Todo empezó a rodar mejor: el Euskadi-Murias daba el salto e iba a disputar la Vuelta a España 2018. Iturria la disfruta ahora bien apoyado en sus dos piernas.

Es un fondista. Será un buen gregario. «Hemos salido a palos y a palos hemos seguido toda la etapa», contó. «Ufff. Había mucho nivel en el fuga». Cierto. El alto del Marchal, ancho y con el aire de frente, puso a cada uno de cara con sus propias fuerzas. A la mayoría se le estancaron ahí las piernas. De Marchi, Mollema y Clarke, tres antiguos vencedores de etapa en la Vuelta, salieron a flote. A un minuto, Molard, De Tier y Villella trataban de agarrarles. Los demás ya no contaban. Seis minutos más abajo, el Sky hacía sus cuentas. Demasiado esfuerzo para conservar el liderato de Kwiatkowski. Aquí no tiene la plantilla del Tour. El equipo británico levantó el pie en este día tan acelerado.

Como el gato y el ratón

Molard, por delante, agradeció el regalo. Peleó por él. Es un buen ciclista, un escalador notable y uno de los gregarios fieles de Pinot. «No esperaba ser líder», se sorprendió. «Yo he salido a por la etapa, pero luego, al verlo posible, he ido a por el maillot rojo», señaló el corredor francés, que resoplaba feliz.

Molard es de cerca de Lyon. Fue campeón del mundo juvenil de triatlón de invierno, una especialidad que combina la carrera a pie, el mountain bike y el esquí de fondo. Creció cerca de los Alpes, entre laderas de nieve. Pero cuando al fin optó por el ciclismo se trasladó al sur, en busca del sol. Le va el calor. En Roquetas, con 40 segundos de margen por una sanción de 20 segundos por usar avituallamiento líquido a menos de 10 kilómetros de meta, subió al podio vestido de rojo. «Espero conservar este maillot hasta el domingo». Ese día se subirá la Covatilla, que es una estación de esquí. Demasiado dura para él, que fue esquiador, pero que ahora es un ciclista de sol. «El Sky ha hecho bien en ceder el liderato -zanjó Valverde-. Defenderlo supone demasiado desgaste». En la Vuelta, con tanto sudor acumulado durante el año, hay que economizar cada gota. El cálculo.

Y eso, cuentas, hacía Clarke. El sprint frente a Mollema y De Marchi era una ecuación con tres variables. La resolvió bien. Perfecta. «Era como jugar al gato y el ratón», resumió. Le echó temple a esa recta final: «Hay que estar dispuesto a perder para poder ganar». Manejaba un dato que le gustaba. De Marchi y Mollema llevaban kilómetros atacando. «Eso es que no confiaban en sus fuerzas para el sprint», dedujo Clarke. Vive en Andorra, en los Pirineos y fue rey de la montaña de la Vuelta 2012. «Pero no soy un escalador; soy un oportunista», se definió. Aprovechó el día con más prisa de esta Vuelta y llegó el primero con 40 minutos de adelanto sobre el horario previsto.

Segundos de sanción sufrió Molard por avituallarse de líquido en los últimos 10 kilómetros.

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